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Comentemos de:
La Infancia de Jesús
La premisa de Benedicto XVI
«No temáis, porque os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre»
Lc 2, 10-12
Espero que pueda ayudar a muchas personas Por fin puedo entregar en manos del lector el pequeño libro por largo tiempo prometido sobre los relatos de la infancia de Jesús. No se trata de un tercer volumen, sino de una especia de pequeña "antesala" de los dos volúmenes precedentes sobre la figura y el mensaje de Jesús de Nazaret. Aquí he buscado interpretar ahora, en diálogo con los exégetas del pasado y del presente, lo que Mateo y Lucas narran al inicio de sus Evangelios sobre la infancia de Jesús.
Una interpretación justa, según mi convicción, requiere dos pasos. Por un lado hay que preguntarse qué querían decir con su texto los respectivos autores, en el momento histórico —es el componente histórico de la exégesis.

Pero no basta con dejar el texto en el pasado, archivándolo así entre las cosas acontecidas hace tiempo. La segunda pregunta del exégeta justo debe ser: ¿Es verdad lo que se ha dicho? ¿Me afecta? Y si me afecta, ¿cómo lo hace? Ante un texto como el bíblico, cuyo último y más profundo autor, según nuestra fe, es Dios mismo, el interrogante sobre la relación del pasado con el presente forma indefectiblemente parte de nuestra interpretación. Con ello la seriedad de la investigación histórica no disminuye, sino que aumenta.

Me he apresurado a entrar, en este sentido, en diálogo con los textos. Con ello soy bien consciente de que este coloquio en el entrelazado entre pasado, presente y futuro jamás podrá acabarse y que toda interpretación se queda atrás respecto a la grandeza del texto bíblico. Espero que el pequeño libro, a pesar de sus limitaciones, pueda ayudar a muchas personas en su camino hacia y con Jesús.
Cuándo nació Jesús
Jesús nació en una época determinable con precisión. Al comienzo de la actividad pública de Jesús, Lucas ofrece de nuevo una datación detallada y cuidadosa de aquel momento histórico: es el décimo quinto año del imperio de Tiberio César; se menciona además al gobernador romano de ese año y a los tetrarcas de Galilea, Iturea y Traconítide, así como de Abilene, y después a los jefes de los sacerdotes.
Jesús no nació y apareció en público en el impreciso "una vez" del mito. Él pertenece a un tiempo exactamente datable y a un ambiente geográfico exactamente indicado: lo universal y lo concreto se tocan recíprocamente. En Él, el Logos, la Razón creadora de todas las cosas, ha entrado en el mundo.

El Logos eterno se ha hecho hombre, y de esto forma parte el contexto de lugar y tiempo. La fe está unida a esta realidad concreta, si bien, en virtud de la Resurrección, el espacio temporal y geográfico es superado y el "ir por delante Galilea" (Mateo 28, 7) por parte del Señor introduce en la vastedad abierta de la humanidad entera (cfr. Mateo 28, 16ss).

Aquel niño envuelto en pañales
María envolvió al niño en pañales. Sin sentimentalismo alguno, podemos imaginar con qué amor habrá ido María al encuentro de su hora, habrá preparado el nacimiento de su Hijo.

La tradición de los iconos, con base en la teología de los Padres, ha interpretado pesebre y pañales también teológicamente. El niño bien envuelto en pañales se ve como un reenvío anticipado de la hora de su muerte: Él es desde el principio el Inmolado, como veremos aún con más detalle reflexionando sobre la palabra acerca del primogénito. Así el pesebre se representaba como una especie de altar. Agustín interpretó el significado del pesebre con un pensamiento que, en un primer momento, se presenta casi inconveniente; pero, examinado con mayor atención, contiene en cambio una profunda verdad. El pesebre es el lugar donde los animales encuentran su alimento.

Pero ahora está acostado en el pesebre Aquel que se indicó Él mismo como el verdadero pan bajado del cielo —como el verdadero alimento del que el hombre tiene necesidad para su ser persona humana. Es el alimento que da al hombre la vida verdadera, la eterna.
De este modo, el pesebre se convierte en una remisión a la mesa de Dios a la que el hombre está invitado, para recibir el pan de Dios. En la pobreza del nacimiento de Jesús se delinea la gran realidad, en la que se realiza de forma misteriosa la redención de los hombres.

Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen sólo conseguiría reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, él mismo, visible en Aquel que es su verdadera imagen (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15) S.S. Benedicto XVI
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